En México se rompió el pacto social.

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Por: Sebastian Ramírez Mendoza – @Sebas_RM

En los últimos meses la clase política, los medios de comunicación y hasta los grandes círculos empresariales se han concentrado por descubrir las raíces de lo que Enrique Peña Nieto llamó “el mal humor social”. Se dicen preocupados porque el país se encuentra en un escenario de verdadera convulsión social. Los titulares periodísticos se nutren de bloqueos carreteros, imágenes de violencia criminal y escándalos de corrupción. Los “líderes” no comprenden la desafección, consideran cierto nivel de ingratitud social con su “esfuerzo modernizador”, por más que le buscan no encuentran las razones del mal humor.

Es así que las élites mexicanas después de agotadoras sesiones de reflexión para encontrar la raíz de la crisis nacional regresan a su mundo, a una realidad paralela a la de la sociedad en donde no existe el temor nocturno de esperar a un familiar que al regresar del trabajo puede sufrir un robo en cualquier esquina, donde nunca se vive la angustia de enfrentar una enfermedad grave que el seguro privado no cubre en su totalidad o de pasar largas horas de dolor en espera de una camilla de un hospital público. En el mundo del poder nadie ha sentido la inmensa furia que despierta un policía arbitrario que siempre busca sacarte unos pesos antes que protegerte de los delincuentes. En resumen los que hoy gobiernan a México no conocen la vida del mexicano común y corriente. Pero ¿qué pasó?, ¿cómo se abrió esta inmensa brecha entre élites y ciudadanía?

Las sociedades modernas se fundan en grandes acuerdos sociales que implican derechos y obligaciones para los miembros de la comunidad. A diferencia de las antiguas monarquias en las que un monarca dominaba por “voluntad de dios”, nuestros países se fundaron bajo la premisa de que el pueblo por medio de sus representantes establece gobiernos para proteger el bien común. Este gran acuerdo se plasma en la Constitución pero requiere de ser llevado a la práctica para tomar vida. El pacto social atraviesa todos los ámbitos de la vida pública y privada aunque muchas veces no nos demos cuenta de que existe.

De hecho la mayor parte de nuestra vida la hacemos bajo la premisa de que el pacto social es vigente, por ejemplo las y los ciudadanos entregamos al gobierno una parte del fruto de nuestro trabajo por medio de los impuestos a cambio de recibir servicios sociales, seguridad, educación pública o infraestructura (calles, puentes, carreteras, transporte, etc.); favorecemos cierto tipo de economía (el libre mercado o la economía mixta) esperando lograr el desarrollo que procure el bien común, estudiamos para lograr un mayor nivel de calificación profesional para asegurar un empleo bien remunerado u obedecemos las leyes esperando recibir un trato justo y la protección de la autoridad pública.

Es así que aunque la mayor parte del tiempo no recordamos la existencia de un pacto social, incluso aunque no conozcamos todos los artículos de la Constitución, en nuestra vida cotidiana actuamos con base a grandes acuerdos sociales que nos permiten vivir en comunidad. En México durante los últimos treinta años hemos vivido un proceso en el que las élites políticas y económicas han roto el pacto social. A pesar de que miles de pequeños y medianos empresarios invierten su dinero esperando que el gobierno les ofrezca un trato equitativo sólo encuentran el favoritismo a favor de empresas extranjeras y monopolios, a pesar de que millones de trabajadores realizan su trabajo con esfuerzo sólo reciben un salario que no les permite salir de la pobreza, a pesar de que millones de jóvenes luchan como fieras por un espacio en la universidad pública al egresar sólo encuentran empleos sin protección social.

En México el pacto social fue roto por una minoría, apenas treinta familias, que favorecen su interés y el de los extranjeros. Se sienten con derecho a imponer leyes pero sin la obligación de cumplirlas, han impuesto la ley de la selva y enaltecido la ambición como valor público, han denigrado con su conducta la vida pública imponiendo como máxima “el que no tranza no avanza”. Por esto las y los mexicanos estamos tan enojados, nos duele ver a nuestro país a la deriva y estamos fastidiados de cumplir con el pacto social, sabiendo que los que manden lo rompen sistemáticamente.

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